El cloro como tirita en las playas de la Safor: la alerta de expertos por el uso masivo de desinfección para evitar cierres costeros

Mikel Iturria Zabalza
Mikel Iturria Zabalza
Territorio | Periodista especializado en información local y desarrollo regional con una trayectoria recorriendo la geografía de navarra y analizando los municipios. Dedicado a desgranar la actualidad comunitaria, las historias de proximidad y las tradiciones de nuestra tierra de forma clara, rigurosa y accesible para todos los lectores.
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El cloro como tirita en las playas de la Safor: la alerta de expertos por el uso masivo de desinfección para evitar cierres costeros

Las playas de la comarca de La Safor afrontan un nuevo verano con una premisa que debería inquietar a administraciones, turistas y residentes por igual: la ausencia de cierres de playas por contaminación no significa que el problema haya desaparecido. De hecho, detrás de las aguas aparentemente limpias y los paseos marítimos repletos de bañistas se esconde un escenario que los expertos califican de «parche» temporal, sostenido con cloro y con una inversión insuficiente en infraestructuras de depuración que podría desencadenar una nueva crisis ambiental en cuestión de uno o dos años. La comarca, que durante el verano pasado vivió uno de los episodios de contaminación más graves de su historia reciente, ha optado por la desinfección química como barrera de contención, una decisión que, según la comunidad científica, está ocultando la magnitud real del problema.

El verano de la crisis: cuando 16 kilómetros de costa quedaron clausurados sin explicación

El pasado mes de junio, los ayuntamientos de Daimús, Guardamar de la Safor, Bellreguard, Miramar, Piles, Oliva y Gandiatomaron una decisión sin precedentes: cerrar un total de 16 kilómetros de litoral tras la aparición de una sustancia desconocida agrupada en forma de pequeños granos similares al arroz. La naturaleza de esa materia y su origen permanecieron durante semanas en el aire, sin que las autoridades pudieran ofrecer una explicación definitiva sobre lo que estaba ocurriendo en las aguas del Mediterráneo. La alarma se extendió rápidamente entre los vecinos, que veían cómo tramos enteros de sus playas quedaban fuera del alcance de los bañistas en plena temporada estival.

Casi un mes después de aquellos primeros cierres, la Conselleria de Medio Ambiente elevó la alerta a otro nivel. Los análisis periódicos del agua revelaron la presencia de bacterias de origen intestinal en varios tramos costeros, lo que llevó a recomendar la prohibición del baño en sectores de Tavernes de la Valldigna, Xeraco y Daimús. Fue un golpe añadido para una comarca que ya arrastraba la incertidumbre del vertido inicial y que, ante la perspectiva de una nueva temporada de verano con miles de visitantes, temía que la situación se repitiera con aún mayor fuerza.

Aquellos episodios marcaron un antes y un después en la gestión medioambiental de la zona. Municipios que dependen de manera crucial del turismo como motor económico se encontraron entre la espada y la pared: por un lado, la necesidad de garantizar la seguridad sanitaria de los bañistas; por otro, el temor a que una mala imagen proyectada a nivel nacional e internacional provocara cancelaciones masivas y un severo impacto económico. «Se dio una mala imagen de nuestras playas porque el cierre al baño comportó que saliera en todos los medios y, por lo tanto, se produjeran cancelaciones», reconocen los propios expertos consultados, que conocen de primera mano la presión a la que se enfrentan los ayuntamientos de la zona.

Cloro: la solución rápida que los biólogos definen como un «parche» peligroso

Este verano, el paisaje ha cambiado a primera vista. Por el momento, no se ha registrado ningún cierre de playas por contaminación del agua del mar en toda la comarca de La Safor. Sin embargo, el biólogo del Departamento de Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente de la Universitat Politècnica de València, Miguel Rodilla, deja claro que esto no debe interpretarse como una mejora ambiental. «Esto no supone que contaminemos menos o que haya mejorado el sistema de depuración de las aguas», afirma con rotundidad. La razón es directa: el año pasado hubo un problema y, para evitar que se repitiera, se tomaron una serie de medidas, entre las que destaca la desinfección química del agua.

El cloro, según Rodilla, es el método «más rápido» disponible para eliminar las bacterias presentes en el agua marina. Existen alternativas, como la radiación ultravioleta, pero el experto las califica de «más caras», lo que las convierte en una opción poco viable para administraciones públicas con presupuestos limitados. No obstante, el biólogo no duda en calificar el uso de cloro como «un parche». «Los contaminantes siguen estando, pese a que no se detectan en las analíticas», insiste, subrayando que la química del cloro elimina los indicadores biológicos que activan los protocolos de cierre, pero no aborda las causas que generaron la contaminación en primer lugar.

Las consecuencias de una dependencia excesiva de esta práctica son, según Rodilla, claras y preocupantes. «El cloro es una solución inmediata para que este año no sea noticia el cierre de una playa», reconoce, pero lanza una advertencia que suena a campana de alarma: «Cuando bajen la guardia y se reduzca la cantidad de cloro, probablemente en uno o dos años se produzcan más cierres de playas porque los parámetros volverán a salir reflejados en las analíticas». En otras palabras, la tregua actual podría ser efímera si no se atacan las raíces del problema.

El impacto económico de los cierres en municipios turísticos es otro factor que empuja a las administraciones hacia la desinfección química. La reputación de unas playas que se venden como destino vacacional puede deteriorarse de forma irreversible tras un solo episodio de cierre, con efectos que trascienden una sola temporada. Esta presión comercial, unida a la ausencia de alternativas más baratas, ha consolidado el cloro como la primera línea de defensa en toda la costa de La Safor, desde Gandia hasta Piles, pasando por Oliva y sus alrededores.

Inversión en depuración: la cuenta pendiente que las administraciones deben pagar

Más allá de las medidas paliativas, Miguel Rodilla reclama a las distintas administraciones algo que considera fundamental: una mayor inversión en las plantas depuradoras de aguas residuales. El biólogo recuerda que buena parte del territorio español inició el proceso de depuración tras la entrada de España en la Unión Europea, cuando se recibieron fondos comunitarios para ejecutar estas infraestructuras. Sin embargo, el paso de las décadas no ha traído el mantenimiento ni la modernización que esas plantas necesitan.

«La mayoría son viejas y no se han adaptado», señala Rodilla, quien conoce a fondo las deficiencias del sistema hidráulico valenciano. «Estamos poniendo una tirita al problema. Es necesario invertir, pero es una inversión que muchas veces no interesa porque no se ve», reitera, en una reflexión que pone el dedo en la llaga de la gestión política: las infraestructuras invisibles, como las plantas depuradoras, rara vez aparecen en las agendas electorales, a pesar de ser determinantes para la calidad de vida y la economía de las zonas costeras.

A esta situación se suma el incremento de población que experimentan las localidades costeras de La Safor durante los meses de verano. Lo que en invierno es un municipio tranquilo se transforma en un núcleo urbano saturado, donde la demanda de servicios, incluida la depuración de aguas residuales, se multiplica exponencialmente. «Son localidades turísticas en las que la población se multiplica, por lo que es necesario mejorar los sistemas de depuración. Hemos avanzado, pero todavía hay una gran capacidad de mejora», concluye el experto, dejando claro que el camino recorrido no es suficiente para afrontar la realidad actual.

La relación entre la inversión en infraestructuras y la salud de las playas no es abstracta ni teórica. En una comarca donde la economía local depende en gran medida del turismo de sol y playa, la calidad del agua es un activo estratégico que no puede dejarse al azar de una dosis de cloro. La mejora de las plantas depuradoras, la adaptación de las infraestructuras a la actual demanda demográfica y la búsqueda de sistemas de tratamiento más sostenibles que la desinfección química deben figurar en la agenda de los próximos meses. De lo contrario, La Safor podría encontrarse repitiendo el mismo escenario de crisis que ya vivió el verano anterior, con la diferencia de que en esta ocasión la alarma sonará con aún más fuerza.

Mientras tanto, los bañistas siguen disfrutando de las playas de la Safor sin saber que, bajo la superficie de esa aparente tranquilidad, se esconde un debate pendiente entre la comodidad inmediata y la inversión a largo plazo en salud pública y medio ambiente. El cloro puede mantener las playas abiertas este verano, pero no resolverá el problema que lo originó. Y eso es una cuenta que, tarde o temprano, habrá que pagar.

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